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ARTICULOS TEMPLARIOS



Es bueno para aquellos que lean los artículos que publicamos, que sepan que no necesariamente la Orden en Uruguay, o nuestra Obediencia a nivel mundial, esta de acuerdo con lo que manifiestan, sino que simplemente se ha considerado que es importante que sean conocidos, o mejor, que no sean ignorados.

 ANATOMIA DESCRIPTIVA DEL PERGAMINO DE CHINON
Antonia Galera Gracia

Formato original de un único pergamino de grandes dimensiones (700 x 580mm.), originariamente con sellos pendientes de los tres legados apostólicosque formaban la Comisión especial apostólica ad inquirendum nombrada por Clemente V:Bérenguer Frédol, cardenal sacerdote del título de los santos Nereo y Achilleo y sobrino del papa, Étienne de Suisy, cardenal sacerdote deSan Ciriaco in Thermis, y Landolfo Brancacci, cardenal diácono de SanAngelo. Su estado de conservación es discreto, aunque tiene vistosasmanchas violáceas debidas al ataque de las bacterias. El original estabaacompañado de una copia simple contemporánea que todavía se conserva enel Archivo Secreto Vaticano con la signatura Archivum Arcis, Armarium D217.

A raíz de haberse atribuido el honor de haber descubierto el pergamino deChinón, la doctora Bárbara Frale, declaró a los medios informativos que era la primera vez que esta clase de documentos eran divulgados... Ignora, tal vez, nuestra colega que en el siglo XVII, concretamente en el año 1693, escrito por Étienne Baluze, secretario de Monseñor Pierre de Marca, arzobispo deToulouse, y de quien Étienne heredó todos sus documentos, fue dado a conocer el contenido de este pergamino en un voluminoso libro que fue titulado: «Vita Paparum Avenionensis», es decir: Vida de los papas de Avignon. Y que esta obra, con el mismo título y autor, fue reeditada en París en el año 1914, en tres lujosos volúmenes que fueron publicados por la editora de G. Mollet.  En el volumen número uno, era dado a conocer nuevamente el mencionado pergamino de Chinón. En cuanto la doctora Frale tuvo conocimiento de que la noticia de la aparición del documento que supuestamente había sido descubierto por ella en los sótanos del Archivo Secreto Vaticano, había sido suficientemente difundido y el público en general estaba deseoso de conocer su contenido, la historiadora se puso manos a la obra y en octubre de 2003 escribió un libro —del cual ha vendido ya numerosos ejemplares—, cuyo título es: Il Papato e il processo ai Il Papato e il processo ai Templari L’inedita assoluzione di Chinon alla luce della diplomatica pontificia viella.

ISBN. 88.8334-098-1.

 Como quiera que el texto se entiende bastante bien incluso por quienes no dominen el italiano, para que nadie pueda suponer que nosotros intentamos arrimar el ascua a nuestra sardina, como vulgarmente se dice, hemos decidido reproducir el texto en su lengua original. La doctora comienza su libro diciendo:

Nel settembre del 2001 è stata riportata alla luce presso l’Archivio Segreto Vaticano una

pergamena originale che la comunita scientifica credeva perduta da secoli. L’atto

contiene l’assoluzione da parte di papa Clemente V all’ultimo Gran Maestro del

Tempio e agli altri capi dell’ordine rinchiusi dal re di Francia nelle segrete del suo

castello di Chinon. I risultati confermano quanto contenut in un altro importante

documento conservato nella cancelleria di Clemente V, un brogliaccio privato sul quale

il papa lavorò con i suoi collaboratori giungendo alla conclusione che i Templari non

erano eretici...

Debido al éxito que esta doctora llegó a obtener con el libro mencionado y con el descubrimiento del Pergamino de Chinón, sea, tal vez, por lo que, inexplicable e insólitamente, rompiendo con todas las estadísticas que se han dado en la historia del Archivo Secreto en cuanto a descubrimientos se refiere, va la señora y descubre otro. No hace mucho, cientos de periódicos y de revistas de todo el mundo daban la siguiente noticia:

La historiadora Barbara Frale, especialista en la Orden del Templo y trabajadora en los

Archivos Vaticanos, ha encontrado una nota de la inquisición, fechada en 1287, en la

que se describe la comparecencia de un caballero templario de Francia, el cual da detalles

de cómo su orden poseía una larga tela de lino en la que aparecía la imagen de un

hombre en la que «se veía todo, la carne de los músculos tensos en la rigidez que

acompaña las primeras horas después de la muerte, el rostro hundido por el efecto de los

golpes, la piel desgarrada por las agujas del látigo...»

Creemos en la buena fe de todo el mundo, pero nos extraña sobremanera que esta noticia fuese dada en Semana Santa y que, además, saliese a la luz cuando la mencionada escritora estaba a punto de publicar un libro sobre la Sábana Santa... Pero, en fin, volvamos al tema que nos ocupa porque éste es ya de otra historia.

En contraposición a lo que afirma en su obra la doctora Frale —tal vez con la idea de hacerla más comercial—, quienes se asomen a la Web de la Santa Sede, podrán apreciar allí que ésta es más explícita, cuando dice:

EL documento contiene la absolución impartida por Clemente V al último Gran

Maestro del Templo, el fraile Jacques de Molay, y a los demás jefes de la Orden después

de que estos últimos hicieran acto de penitencia y solicitaran el perdón de la Iglesia;

tras la abjuración formal, obligatoria para todos aquellos sobre los que recayera la

sospecha de herejía, los miembros del Estado Mayor templario son reintegrados en la

comunión católica y readmitidos para recibir los sacramentos...

Las expresiones absolución y penitencia, que en estos escritos se enuncian, han dado lugar a que muchos crean que el papa Clemente V, mediante esta Comisión especial apostólica que fue nombrada por él, diera por terminado el proceso de los templarios y los enviará a todos a sus casas. Sólo hay que entrar en Internet y teclear en cualquier buscador: «Pergamino de Chinón», para descubrir lo que aquí se afirma.

Para llegar a una conclusión más evidente y exacta, tendremos que seguir leyendo lo que la Santa Sede sigue diciendo en su documento:

...Perteneciente a la primera fase del juicio contra los Templarios, cuando Clemente V

todavía estaba convencido de poder garantizar la supervivencia de la orden religiosa y

militar, el documento responde a la necesidad apostólica de eliminar de entre los frailes

guerreros la infamia de la excomunión en la que se habían enredado solos al admitir que

habían renegado de Jesucristo bajo las torturas del inquisidor francés...

El Diccionario de la Lengua Española, como todos los diccionarios del mundo, entiende varias clases de absoluciones. De entre ellas nosotros vamos a elegir las dos que nos interesan: la judicial y la de Iglesia. La judicial es la que cierra un proceso delictivo por insuficiencia de pruebas contra el reo; y la de Iglesia es la absolución que tanto el Papa como cualquier sacerdote católico puede conferir a los que se arrepienten de sus pecados, a los moribundos y a los condenados a muerte.

La Penitencia es, pues, un sacramento. Y, para quienes ignoren su sentido, vamos a dar a conocer, aunque sea de una forma sucinta y breve, la historia del sacramento de la penitencia desde su génesis hasta el año 1312, en cuyo tiempo tuvo lugar la absolución del Papa a los del Templo.

Desde el principio del cristianismo hasta el siglo VII, la Iglesia reconoce tres formas de remisión de los pecados: Bautismo, Penitencia cotidiana y Penitencia pública.

La Penitencia cotidiana era aplicada a los pecados menos graves. Lo que se conocía entonces como «el ejercicio de la humildad suplicante», y por la cual, todo cristiano debía de hacer penitencia por los pecados de todos los días, mediante la oración, el ayuno y la limosna.

La Penitencia pública era exigida por los pecados graves, entre los que se contaban el adulterio, el homicidio, la herejía y el sacrilegio. El pecador confesaba públicamente ante Dios, juzgándose indigno de la comunión eclesial.

La iglesia, representada por el Obispo, imponía sus manos al pecador y lo perdonaba.  A partir del siglo VII, el proceso de la privatización de la penitencia se acentúa con la llegada a Europa de misioneros irlandeses que nunca habían practicado en sus iglesias la penitencia pública en la forma que se hacía en el Continente.  Predican la conversión, extendiéndose una nueva praxis penitencial que admite reiteración después de una falta grave. Desde entonces el penitente confiesa ante un sacerdote que le impone una satisfacción, y cuando ésta ha sido cumplida, le da la absolución.

La confesión de los pecados al sacerdote cobra tanta importancia en esta época que, a partir del siglo VIII designa el sacramento de la penitencia. Es necesaria para que el confesor se haga cargo del estado del espíritu del penitente, pero también se la considera como parte de la expiación.

A partir de los siglos XI, XII y XIII, se elabora científicamente la teología de la penitencia. Las discusiones se centran en la calidad del arrepentimiento interior.

Se plantea de forma elaborada el problema de la relación entre penitencia personal e intervención de la Iglesia.

Visto todo lo anterior, llegamos a la conclusión que desde el siglo XIII se acostumbraba a conceder «absolución» al final de la confesión, aun antes decumplir la satisfacción, con lo que desembocamos en la absolución que les fue impartida a los del Templo por el papa Clemente V después de su confesión. El IV Concilio de Trento, celebrado en el año 1215, deja este apartado bien claro:

La atrición o contrición imperfecta nacida de la consideración de la fealdad del pecado o del

temor de las penas del infierno es un don de Dios, si excluye la voluntad de volver a

pecar, con la esperanza del perdón porque dispone al pecador a recibir la gracia en el

sacramento de la Penitencia... La absolución es «un acto de justicia», es decir, no

una mera declaración de que Dios ha perdonado el pecado, sino un acto operativo y

eficaz, a través del cual Dios perdona...

Ante el amargo hecho de una condena a muerte, aunque esta fuese por herejía, nadie podía privar al reo del derecho de ser perdono por Dios. Este era el motivo de que en toda ejecución, hubiese siempre un fraile presente para absolver por medio de la confesión del reo, si el fraile entendía su idioma, o por medio del beso de la cruz, en caso de que fuese extranjero, mudo o no pudiese hablar por la debilidad de la tortura recibida.

Y no crean ustedes que los clérigos estaban solamente presentes en las ejecuciones, no. Tanto los sacerdotes diocesanos como los frailes, cada uno en su lugar geográfico, estaban facultados por el Santo Padre para absolver incluso a los que con anterioridad habían sido excomulgados. En un documento que entra dentro de la época que nos ocupa: 1312, un pequeño libro manuscrito en latín que fue distribuido por todas las diócesis y monasterios de la Europa cristiana, titulado «Prescripciones Romanas»1, que fue con toda seguridad un manual para sacerdotes, se les explica a éstos la forma de absolver a los excomulgados.

El mencionado documento presenta en su lectura algo bastante curioso.La curiosidad consiste en que al haber ido siendo copiado por diferentes diócesis y monasterios, lo que ha de observar y seguir al pie de la letra el sacerdote está escrito en un latín perfecto; mientras que lo que ha de expresar en voz alta, por el contrario, está escrito en la forma en que ese latín ha de ser pronunciado por el lector. Creemos que este insólito hecho sería debido a que, como cada sede copiaba su propio manual, tendrían en cuenta al hacerlo el hecho incuestionable de que algunos sacerdotes —sobre todo los más jóvenes e inexpertos— al no estar muy familiarizados con la pronunciación, les sería más fácil leerla en voz alta, tal como se pronunciaba, directamente del libro.

Como cortesía a quienes tienen la bondad de leernos, daremos traducida la parte de lo que el sacerdote tiene que observar y cumplir al pie de la letra, y transcribiremos en latín aquella otra que tiene que ser leída en voz alta.

En este libro, en su página 35, se puede leer lo siguiente:

Los sacerdotes tienen facultad para absolver de la excomunión en la forma

acostumbrada, pero si su superior determinare que éste ha de absolver de la forma

reservada, debe observar lo siguiente:

Sentado el sacerdote, el penitente se arrodillará ante él con genuflexión (utroque genu) y

con el torso desnudo, si fuese hombre. El sacerdote le percutirá suavemente en el hombro

con una vara o un cordel recitando el Salmo Miserere con el Gloria Patri.

Después, el sacerdote se levantará, y descubriéndose la cabeza, dirá:

—Kyrie eléison. Crhiste eléison. Kyrie eléison. Pater noster.

Luego, el sacerdote, cubriéndose nuevamente la cabeza, declarará lo siguiente:

Dóminus noster Jesus Christus te absólvat: et ego auctoritáte ipsíus, et sanctissimi

Dómini nostri Papae mihi commíssa, absólvo te a vinculo excommunicatiónis, in quam

incurrísti, propter tale factum; et restítuo te comunióni et unitáti fidélium, et sanctis

Sacraméntis Ecclésiae, in nómine Patris et Filii et Spiritus Sancti. Amen.

El desconocimiento de estos dos términos: penitencia y absolución, incluso por personas que se definen a sí mismas como católicas, ha dado lugar a que mucha gente, sobre todo esas órdenes seudotemplarias que hospedan su particular Templo de Jerusalén en Internet, supongan que este pergamino contiene la absolución total y constituyente de los caballeros del Templo y que, por lo tanto, no debían de haber seguido en prisión ni quemados en la hoguera después de esta absolución.

Lo que ignoran tal vez estas personas, es que hay dos clases de absoluciones impartidas por el mismo papa Clemente V al Gran Maestre de la Orden del Templo y a sus lugartenientes. Una en la que los templarios se declaran inocentes, y otra en donde se declaran culpables... ¿Cómo es posible este despropósito? —Se preguntarán ustedes—. Yo también me lo pregunto. Y por ello, para salir de dudas e iluminar un poco más esta profunda oscuridad, tendremos que continuar indagando. Sigamos pues el rastro.

El pergamino de Chinón, que como ya hemos dicho antes, no estuvo nunca perdido y sí guardado en lugares poco accesibles para los investigadores, fue escrito el día 20 de agosto del año 1308, un año después de haber sido publicada la bula Pastoralis Praeminentiae2, por el papa Clemente V, el día 23 de octubre del año 1317. Esta bula, la Pastoralis Praeminentia, fue la primera bula que el Papa publicó en contra de los templarios. En ella se decía lo siguiente: 

ASV. Registro de Bulas pontificias. Clemente V. Libro, 45. Folio, 122

 Mandamos a cuantos este escrito vieren y tuvieren autoridad para ello, que por haber

llegado hasta Nos, por medio de correos y cartas de nuestro hijo querido en Cristo

Felipe, ilustre rey de Francia, y por otros informantes merecedores de todo crédito por su

noble origen, acusaciones gravísimas de que los caballeros de la orden del Templo de

Jerusalén han caído en pecado de apostasía y en muchas otras herejías que nuestra

pluma no se atreve ni siquiera a mencionar, se proceda a la inmediata detención de todos

los miembros de la mencionada orden del Templo de Jerusalén allá donde fuesen

encontrados: conventos, encomiendas, casas o cualquier otro rincón de Francia...

El Pergamino de Chinón, como ya se ha señalado anteriormente, fue escrito un año después de haber sido publicada esta bula. El papa Clemente V, después de haber estado los del Templo un año en prisión, sufriendo toda clase de vejaciones y torturas, decide nombrar una Comisión especial apostólica adinquirendu, para saber de boca de los reos si han caído en el grave pecado de la herejía. Inquiridos los templarios —según dice el pergamino de Chinón—, negaron todos los cargos que les habían sido imputados, y con mucha más energía los de sodomía, besos en la verga y adoración a falsos dioses.

Oída la confesión de los templarios, los cardenales Bérenguer Frédol, que era sobrino del Papa; Étienne de Suisy y Landolfo Brancacci, autorizados por el Pontífice concedieron la absolución a los templarios, reintegrándoles la comunión católica y readmitiéndoles para que desde ese momento en adelante pudieran recibir los sacramentos de la Santa Madre Iglesia.

Desde que los templarios fueron absueltos por estos tres cardenales con el visto bueno del papa Clemente —cosa que ocurrió el día 20 de agosto del año 1308—, hasta el día 22 de marzo del año 1312, es decir, cuatro largos años después, en que el Papa vuelve a publicar una nueva bula cuyo título es: «Vox in Excelsoaudita es»3, hubo un misterioso silencio. ¿Qué ocurrió durante todo este tiempo? ¿Si cuatro años antes habían sido absueltos, por qué el Papa forma una nueva comisión apostólica para oír de nuevo sus confesiones? ¿Tanta presión del rey Felipe IV tuvo que soportar el Papa para verse obligado a invalidar la primera absolución donde los del Templo se habían declarado inocentes, y disponer otra donde sólo serían absueltos si se declaraban herejes? La bula Vox in Excelso audita es, es, con diferencia, una de las más largas que el papa Clemente V publicó en contra de los del Templo. Así, pues, para no alargar mucho este artículo, citaremos solamente aquellos trozos que nos van a demostrar esta extraña e inexplicable segunda absolución.

En una parte de la bula se dice:

Días después, proponiéndonos hacer una investigación personal con el Gran Maestre, el

visitador de Francia y los preceptores principales de la orden, ordenamos que trajeran a

nuestra presencia al Gran Maestre, al visitador de Francia y a los principales

preceptores de Ultramar, de Normandía, de Aquitaine y de Poitiers. Algunos de ellos,

 ASV. Registro de Bulas Pontificias. Clemente V. Libro 45, folios del 203 al 210.

 sin embargo, estaban enfermos en ese momento y no se podían montar a caballo ni ser

traídos convenientemente a nuestra presencia...

Sobre lo que aquí se dice, debemos de aclarar que no es que estuviesen enfermos. Es que habían sido torturados durante tanto tiempo y tan duramente, que no podían andar y menos montar a caballo. La causa de los templarios fue un proceso lento y largo. Un proceso que duró desde el día 23 de octubre del año 1307, en que por medio de la bula «Pastoralis praeminentiae», se ordenaba la detención de todos los templarios, hasta el día 18 de marzo de 1314, en que fueron quemados en la hoguera el maestre de la milicia del Templo y sus lugartenientes.

Siete largos años dilucidando si la orden del Templo de Jerusalén era o no era culpable de los cargos imputados; siete largos años sin llegar a un común acuerdo, ya que la mayoría de los prelados y auditores repetían una y otra vez que no encontraban suficientes pruebas para condenarlos... Siete largos años haciendo sufrir mediante torturas y vejaciones al Gran Maestre y a los lugartenientes de la Orden que se encontraban presos en las mazmorras francesas... Obra en mi poder un documento que nos habla de las grandes dificultades que existían para poder visitar a estos presos. Es una carta4 que dejó escrita el capellán del Coro de la catedral de Notre Dame, Johannes de Blanchefort, que más tarde envió a su obispo. En esta carta el sacerdote, entre otras cosas, escribe lo siguiente: «Después de

quince días he obtenido el permiso para visitar al regente de los templarios, pues quería

saber por su propia voz la verdad de cuantas acusaciones a la Orden se le imputan. No

os quiero ocultar las muchas dificultades que tuve que salvar para conseguir el

permiso…»

Luego, en otra parte de la carta dice: «Me confesó que lo habían torturado durante

tantos años, en tal proporción y de tal forma, que si le hubiesen exigido decir que él era

el asesino de Nuestro Señor Jesucristo, lo hubiera confesado sin dilación por tal de

acabar cuanto antes con ese insufrible y doloroso sufrimiento…»

Sigue diciendo la bula:

El maestre, el visitador y el preceptor de Normandía, Ultramar, Aquitania y Poitiers, en

presencia de tres cardenales, cuatro notarios y muchos otros hombres de buena

reputación, prestaron juramento sobre los santos evangelios de decir toda la verdad,

clara y totalmente...

Este hecho nos demuestra que —ya se hiciese con buena o con mala fe—, a este Consejo Apostólico se le dio mucha más importancia que al del Pergamino de Chinón. En éste, y como podemos advertir, hay tres cardenales, cuatro notarios y muchos otros hombres de buena reputación.

Sigue diciendo la bula:

Luego fueron pasando, uno tras otro, a la presencia de los cardenales, y libre y

espontáneamente, sin coacción o miedo. Admitieron, entre otras cosas, que ellos habían

4 Archivo de la catedral de Notre Dame, libro 61, página, 43.

 negado a Cristo y habían escupido sobre la cruz cuando fueron recibidos en la orden del

Templo. Algunos añadieron que ellos mismos habían recibido a muchos hermanos que

usaron este rito, a saber, negación de Cristo y escupir sobre la cruz...

Los templarios se ratifican aquí de todo cuanto antes habían confesado a sus verdugos en la cárcel bajo tortura, y, tal vez porque algún emisario les había advertido previamente que si confesaban la verdad no obtendrían la absolución, es por lo que declaran su herejía.

De una forma o de otra, los templarios estaban advertidos de que esta era la única forma de obtener la absolución, confesando su herejía y abjurando después de ella. Tal vez por ello, y de común acuerdo, confesaran a través de su corazón la verdad a Dios, y a través de su boca lo que el Papa y los cardenales necesitaban para librarse de las amenazas reales.

Finalmente dice la bula:

Después de estas confesiones y declaraciones, pidieron su absolución al cardenal y

posterior perdón por los susodichos delitos; humildemente y con devoción, de rodillas y

con las manos unidas, hicieron su petición con mucha devoción. Como la Iglesia nunca

cierra su corazón al pecador que se arrepiente, el cardenal concedió la absolución por

nuestra autoridad en la forma acostumbrada por la Iglesia al maestre, visitador y

preceptor por la abjuración de su herejía...

En el largo tiempo que había transcurrido desde la absolución que el Pergamino de Chinón nos descubre, hasta que llegamos a esta nueva absolución, había ocurrido que, sin previo aviso y sin explicación alguna, se le había retirado la comunión y el acceso a los Santos Sacramentos. Pero como la Iglesia no podía privar de los sacramentos a quienes anteriormente habían obtenido la absolución, con toda seguridad tuvieron que ser declarados relapsos por la misma Comisión apostólica que anteriormente les había considerado inocentes de herejía, de otra forma no se explica este misterio. No sería muy difícil declararlos relapsos. Hay que tener en cuenta que los templarios siguieron encarcelados y torturados. No es pues raro, que bajo los efectos de las horribles y dolorosas torturas, confesaran todo lo que los verdugos exigían. Teniendo en cuenta que el relapso es aquel que reincide en algún pecado del cual ya había hecho penitencia, no es de extrañar que al haberse confesado inocentes de herejía en la primera comisión apostólica que dio origen al Pergamino de Chinón, y al seguir declarándose después herejes en la prisión ante el tribunal que los torturaba, el Vicario de Cristo decidiera declararlos relapsos, pues de otra forma no podría ser explicada la segunda absolución. A estas alturas del proceso, los templarios sabían a ciencia cierta que ya nadie les podía salvar de la hoguera. Y lo único que pretendían con estas falsas declaraciones, era poder morir cristianamente y disfrutar de la vida eterna.

 Epílogo

La extraña aparición de este descomunal folio membranoso, ha suscitado muchas preguntas en los ámbitos históricos: ¿Sabía el Papa que iban a ser condenados? ¿Escribió este documento con ánimo de salvar a los templarios y luego por miedo no lo dio a conocer? ¿Cómo es posible que si el Papa no ve culpa en la orden del Templo, se torturara primero y se quemaran después en la hoguera al maestre y a sus cuatro lugartenientes? ¿Por qué permanece cuatro largos años callado? ¿Por qué fueron condenados en Francia como herejes y sin embargo en España y Portugal, en los tres concilios que fueron celebrados en Salamanca, Tarragona y Braga, fueron declarados inocentes de todas los cargos que les fueron imputados? ¿Y si en Francia se quemaron como herejes, por qué a los que quedaron con vida en los demás territorios se les dio la potestad de ingresar en otras órdenes religiosas, sabiendo como sabían que habían estado obligados en el acto de su aceptación como caballeros del Templo a renegar de Cristo y a consentir la sodomía? No vamos a poner en duda el texto del mencionado documento, pero sí queremos afirmar que en vez de llegar dando luz, ha venido a sumergirnos más en las tinieblas. Es como si hubiese comparecido ante nosotros para reforzarnos más en nuestra idea de que el papa Clemente V accedió a las oscuras pretensiones del rey Felipe IV, sabiendo que los del Templo eran inocentes de todos los cargos que les fueron imputados. Si no ¿por qué pudiendo garantizar la integridad y la supervivencia de la orden del Templo, y estando además convencido de ello, según el predicho documento de Chinón, se mantuvo en silencio y no hizo nada para evitar las torturas y unas muertes tan horrendas? Desde el día 20 de agosto del año 1308 en que según el documento descrito se les restituye a los templarios la comunión católica y el perdón apostólico, el papa Clemente V permaneció en silencio y ni siquiera tuvo el valor de difundir entonces el perdón que les había otorgado. Permaneció en silencio seis años, es decir, desde 1308 en que supuestamente escribió el documento exculpatorio hasta 1314 en que fueron quemados en la hoguera el maestre y los cuatro lugartenientes del Templo.

Ábacus, revista digital de la asociación de esgrima medieval y arquería tradicional Baucan. www.baucan.org